Los panteones cobran forma

La creación de los panteones modernos, tal y como los conocemos hoy, está ligada a la historia de la religión cristiana. Las catacumbas o tumbas subterráneas no eran suficientes para dar cabida a los mártires que defendían la fe en el hostil Imperio romano. Con las donaciones de personas ricas que se habían convertido a la religión, los cuerpos se inhumaron en terrenos amplios, donde fueron dispuestos altares y capillas para las ceremonias. Conforme el cristianismo fue ganando adeptos y se construyeron las primeras iglesias, surgió la idea de sepultar a las personas en sus inmediaciones como una forma de facilitar su salvación. Eso explica por qué algunos de los panteones o cementerios más famosos se encuentran en los alrededores de los templos cristianos, la célebre ‘tierra consagrada’ que se negaba a quienes, como los suicidas, habían muerto en pecado. Algunas personas conseguían incluso que las enterraran dentro de las propias iglesias, como podemos observar en muchos templos mexicanos correspondientes a la época colonial.

Estos elementos básicos se hallan en el origen de la cultura funeraria que se extiende hasta nuestros días. El cementerio más grande del mundo es el de Wadi Al-Salaam, un panteón islámico situado en Irak y aún abierto a las inhumaciones. Cada año se depositan ahí medio millón de cadáveres, y en sus seis kilómetros hay un número incalculable de difuntos, que se estima en varios millones. Otros cementerios se distinguen por la calidad de sus ocupantes, como ocurre en el Père Lachaise de París, inaugurado en el siglo XIX, uno de los más famosos del mundo y donde se encuentran grandes celebridades, como el compositor Frédéric Chopin, la cantante María Callas y el pintor Eugène Delacroix.

Así como en el pasado remoto los reyes y dignatarios eran sepultados en monumentos durante grandes ceremonias, en el siglo XX esta práctica se usó para las celebridades. El funeral de Rodolfo Valentino es, hasta la fecha, el más concurrido de la historia. Celebrado en Nueva York el 24 de agosto de 1926, congregó a más de cien mil personas que intentaron ingresar a la Funeraria Campbell y a la Iglesia de San Malaquías. Fuera de sí, varias de sus admiradoras se suicidaron, la multitud destrozó vitrinas yaparadores, y la policía montada apenas logró contener una auténtica crisis de histeria colectiva. Los funerales de la princesa Diana de Gales y el cantante de música pop Michael Jackson también fueron ecos de ese fenómeno sin precedente.

En las últimas décadas las costumbres funerarias más arraigadas en el mundo occidental se han ido transformando a causa de las nuevas tecnologías y el alejamiento de la religión. La cremación común, originada en el siglo XIX y originalmente condenada por la Iglesia, carece de un contenido ritual y las cenizas que se entregan a los deudos no siempre tienen por destino un lugar fijo. Abundan las historias acerca de cenizas perdidas, extraviadas o hasta confundidas con otro tipo de materiales.

¿Puede criticarse esa indiferencia? No necesariamente. Así como las cenizas se pierden, hay miles de tumbas que, incluso en vida de los deudos, quedan abandonadas y nadie visitará en los siglos por venir. Con respeto a las creencias religiosas de cada confesión, podemos concluir entonces que las tumbas y los cementerios son una estación de paso en el camino que conduce al olvido y a la desaparición final de todos los restos mortuorios.1

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