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Suficiencia Alimentaria

José Velasco Toro | Tiempo de Veracruz | febrero 28, 2011 at 8:46 PM


Por: José Velasco Toro

En días pasados, diferentes medios dieron la nada agradable, pero no sorprendente noticia, de que el 40% del consumo nacional de alimentos es importado, y de ese porcentaje, 73% proviene de Estados Unidos. Y decimos que la noticia no es nada nueva, simple y sencillamente porque desde la década de 1970 se anunció que México había dejado de ser productor de sus propios alimentos y estaba convirtiéndose en un importador, sobre todo de granos básicos. En 1975, se calculó que se importaba el 65% de los productos alimenticios y en 1985 la cifra ya era del 80%. Somos un país dependiente en materia alimenticia, como también los somos en materia tecnológica.

Diversas son las relaciones implicadas que han conducido a la perdida de la independencia alimentaria; todas, desde luego, derivadas de una política agropecuaria que, desde el siglo XIX, le apostó a la exportación de materias primas y a la protección de la ganadería bovina con carácter extensivo. En consecuencia, tenemos un campo devastado en lo forestal; degradado en sus suelos y en el límite de la desertificación; descapitalizado y fragmentado en las unidades familiares campesinas que antaño sostuvieron la producción de alimentos básicos; presionado por el crecimiento urbano que no sólo está devorando áreas de cultivo, muchas de ellas de excelente calidad, sino también extrayendo agua que es necesaria para el riego. En pocas palabras, el campo mexicano es un desastre, cuya magnitud crece y se ahonda, gracias a la irresponsable política agrícola de los diversos gobiernos que creyeron que siempre habría petróleo para comprar alimentos y resolver, de esa manera, la demanda en las crecientes y devoradoras urbes.

En vez de invertir los excedentes petroleros en el desarrollo de la educación, la ciencia y tecnología, pero sobre todo en el desarrollo de una agricultura eficiente, sustentable y sostenible que garantizara el abasto interno de alimentos, se prefirió, entre otros usos nada inteligentes pero sí satisfactorios para el enriquecimiento de la empleomanía, voltear el rostro al mercado norteamericano para comprar granos básicos y darle la espalda al campo mexicano donde existe el potencial y la capacidad humana y de conocimiento para hacer de nuestro país un México independiente en materia alimenticia.

Por ejemplo, en 1976, la superficie dedicada al cultivo de maíz representaba el 5.5% de la superficie agrícola; en cambio, la ganadería ocupaba el 49.0%, resultado del sistema extensivo que requiere de grandes extensiones de tierra para pastoreo y tiene un bajo rendimiento productivo. En esa década de 1970, se prendieron focos rojos ante lo que se veía venir si se continuaba en la misma línea de desaliento agrícola: la dependencia alimentaria y una frágil estabilidad social futura. Muchos científicos sociales alzaron su voz y propusieron estrategias para retomar y desarrollar el agro mexicano, pero no sólo fueron desoídas, sino también se les acusó de difundir “ideas exóticas”, en clara alusión a la corriente anticomunista fomentada por la “Guerra Fría”. Consecuencia: no se les hizo caso y ahora estamos en el borde del precipicio.

Un precipicio que es más profundo de lo que parecía, pues el petróleo se acaba y no habrá suficientes divisas para comprar alimentos, nuestra industria no está lo bastantemente desarrollada para ser competitiva en el mercado mundial y generar ingresos complementarios, el atraso educativo ronda en cinco generaciones lo que genera desventaja cognitiva, nuestro bajo perfil de conocimiento científico nos coloca como candidatos a la exclusión y, para acabarla de amolar, China se ha convertido en voraz demandante de alimentos y mejor comprador frente a otros países. Ante esto último, el mercado mundial de alimentos está encareciéndose y los países productores y exportadores están viendo hacia el extenso país de Oriente.

Mientras tanto ¿qué hacemos en México? ¿Pensar en el turismo como solución? ¿Vender nuestras riquezas naturales a los monopolios transnacionales, entre ellas el agua? Estás no son soluciones, aunque como acto de empeño saquen del apuro momentáneo. Lo que requerimos es una política de Estado integral que impulse la producción; que eleve la competitividad agropecuaria nacional; que piense en la diversificación de cultivos; que ponga especial atención en la producción de granos como maíz y frijol; que diseñe e implemente cuotas productivas por cultivos y regiones para garantizar precio, abasto y calidad; que transforme la ganadería extensiva en ganadería intensiva y estabulada, liberando tierras para la agricultura; que diversifique sus mercados de compra y de venta de alimentos; que se rescate la tradición maicera y el conocimiento ancestral del manejo los diferentes sistemas de producción y variedades de maíz con base en la intensidad en el uso del suelo, el empleo y la disponibilidad y manejo de agua. En fin, una política agropecuaria soportada en la imaginación creativa y responsable, pero sobre todo, en un entrañable compromiso con México y con el agro. De no ser así, el desastre alimentario generará hambruna y ésta puede desembocar en violencia social.

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